El mercado laboral, violento contra las mujeres

descargaMenganita lleva 5 años en España. Llegó aquí a través de una agencia que conoció en su país y que le ofrecía trabajar de empleada doméstica en casa de unos conocidos empresarios españoles. Hizo su maleta y se marchó prometiendo a su familia que enviaría parte del dinero que ganara.

Nada más llegar a la casa, le dieron un cuarto y uniforme, pero ningún contrato que firmar. Pasaron las semanas y Menganita se empezaba a sentir agobiada: la agencia no hacía nada por ella, no había papeles, no conocía a nadie ni sabía a quién acudir. Un día, tuvo un accidente mientras trabajaba en la casa, y al pedirle a su empleador que la llevara a un hospital, éste metió de malas formas sus pertenencias en la maleta que había traído y la echó de su casa. El médico que atendió a Menganita después certificó que la lesión de la caída no la permitiría volver a trabajar.

Pepita antes trabajaba en una tienda de una gran marca de moda internacional como dependienta. Pero un buen día la despidieron y sustituyeron por otra trabajadora peor pagada, así que ahora trabaja en un curro de media jornada promocionando una marca de refrescos en un centro comercial. Para esto lleva un uniforme de colegiala que suscita los comentarios denigrantes tanto de los visitantes como de otros trabajadores del centro. Por si fuera poco, cuando sale de trabajar Pepita va directa a casa de sus padres; ya no vive con ellos, pero los ayuda ahora que son mayores y no se valen por sí mismos. Es una tarea que a ella le gustaría compartir con sus hermanos, pero todos dicen que tienen muchas cosas que hacer y están cansados cuando salen del trabajo, y que alguien tiene que hacerlo. Es uno de los motivos por los que, aunque quisiera, no podría aceptar un trabajo a jornada completa.

Para cuando llega por la noche a su casa, está agotada, pero tiene que poner la lavadora con el uniforme para el día siguiente y acabar de planchar la ropa del fin de semana. Ahora su marido le “echa una mano” con las tareas de la casa, pero siguen siendo responsabilidad suya casi todas: la lavadora es el único aparato con botones que su marido no usa.

Fulanita terminó la Universidad hace un par de meses. Ahora trabaja como becaria en una gran multinacional cobrando 100 euros al mes por su trabajo y 50 para pagarse al abono transporte. No quiso tirar la toalla como otras de sus compañeras de carrera, que desanimadas por las cifras de paro e inactividad de mujeres en puestos cualificados, decidieron aceptar trabajos que no tenían que ver con su grado de formación. Pero Fulanita no. Ella se ha formado y está convencida de que vale para esto, como demuestran sus excelentes notas académicas.

Le han prometido un contrato cuando acabe la beca, pero ella sabe que en la empresa sólo ocurrió una vez, con el caso del sobrino del jefe de departamento. También se ha planteado buscar trabajo en otro país, pero sabe por experiencias de muchas amigas que en el extranjero sólo podrá trabajar cuidando niños de interna en casas. Además sus jefes no están poniéndoselo nada fácil. Sus tareas asignadas en la empresa no tienen nada que ver con su formación, se limita a asistir a sus superiores con cualquier cosa, desde poner la decoración navideña a redactar sus notas personales. Alguna vez, le han dejado asistir a reuniones de la empresa, pero en esa ocasión recibió advertencias sobre su ropa y maquillaje. Fulanita intentó hablar de este acontecimiento, que no la hizo sentir nada bien, con uno de sus superiores, pero el jefe se rió de ella y le dijo que no se preocupara porque “era bonita”. Tal vez si hubiera habido más mujeres en el comité de empresa, se lo hubieran tomado en serio.

Podíamos hablar de cómo una mujer tiene que trabajar 84 días para cobrar el mismo salario por el mismo trabajo que un hombre, o del trabajo parcial… Pero desde la Oficina Precaria queremos hablar de aquello con lo que trabajamos a diario. Puesto que decimos que la precariedad tiene rostro de mujer, hoy 25N día por la eliminación de la violencia contra las mujeres, tenemos que hablar de una violencia estructural que sostiene el mundo (laboral). Si verdaderamente se quiere atajar la violencia que sufrimos las mujeres es imprescindible que pongamos la mirada sobre el trabajo.

Oficina Precaria 
¡Contra el paro, la precariedad y sus culpables!