La trampa de la conciliación laboral

conciliLa conciliación de la vida laboral y familiar aparece en cualquier política social o de empleo. Se habla de conciliación para referirse a los permisos por nacimiento o adopción de hijos, la jornada a tiempo parcial o las reducciones horarias para cuidar a familiares enfermos o dependientes. Sin duda estas medidas hacen la vida más fácil a la gente pero también tienen un efecto perjudicial: perpetúan la división sexual del trabajo.

Las mujeres dedican al trabajo doméstico y de cuidados el doble de tiempo que los hombres. Nos referimos a esa interminable lista de ocupaciones invisibles para el sistema económico y que no se consideran tan valiosas como los empleos remunerados. Poner lavadoras, cambiar pañales, lavar y alimentar a personas ancianas o dependientes, llevar a los niños a clase, traerlos, limpiar, cocinar… y un largo etcétera conocido por todas las mujeres menos algunas como Ana Mato, que decía que su momento favorito del día era cuando veía cómo vestían a sus hijos.

En teoría casi todas las medidas de conciliación recogidas en el Estatuto de los Trabajadores pueden beneficiar tanto a hombres como a mujeres pero en la práctica están pensadas para mujeres. Ellas asumen el 94% de las excedencias por cuidado de hijos y el 25% de las mujeres reduce su jornada laboral para cuidar a sus hijos, mientras que solo lo hace el 3,4% de los hombres.

Estos datos muestran que la idea de que el cuidado es responsabilidad de las mujeres sigue siendo dominante en nuestra sociedad. Además, el mercado laboral español sigue siendo machista. Es ilegal despedir a una mujer embarazada o preguntar en una entrevista de trabajo si se tiene la intención de tener hijos pero estas medidas de protección son poco efectivas. Los empresarios saben que es probable que una mujer interrumpa su carrera profesional en algún momento para cuidar a sus hijos u otros familiares, por lo que prefieren contratar a hombres, que casi nunca lo hacen. Además, como los hombres cobran más, las familias suelen tomar la decisión más racional: que sea la mujer la que deje de trabajar para cuidar a los niños si es necesario. La pescadilla que se muerde la cola.

A este círculo vicioso contribuye especialmente la diferencia de duración del permiso de maternidad y de paternidad: el primero dura 132 días y el segundo, 13. La eliminación de esta discriminación por razón de sexo, como defiende la Plataforma por Permisos Iguales e Instransferibles de Nacimiento y Adopción (PpiiNA), sería una medida efectiva para combatir la discriminación de las mujeres en el mercado de trabajo, ya que se normalizaría la idea de que todas las personas -hombres y mujeres- tienen que compatibilizar su empleo con el cuidado de menores y personas dependientes.

Pero la desigualdad en los permisos de nacimiento y adopción también perjudica a los padres, ya que les priva de su derecho a cuidar a sus hijas e hijos durante los primeros meses de vida. Más de millón y medio de hombres ha disfrutado ya del corto permiso paterno de 13 días que se implantó en 2007. La igualdad de permisos fomentaría un cambio de los roles de género que libraría a los hombres del papel de sustentadores económicos exclusivos dela familia. En definitiva, los permisos iguales e intransferibles beneficiarían tanto a mujeres como a hombres.

Sin embargo, esta modificación no es suficiente para acabar con la división sexual del trabajo. La corresponsabilidad entre hombres y mujeres en el reparto del trabajo doméstico no puede imponerse por ley -como pretende hacer el PSOE- sino que necesita un profundo cambio cultural. Mientras este se produce, es necesario socializar una parte importante del trabajo de cuidados, con la construcción de un sistema público de atención a la infancia y a la dependencia (guarderías y servicios públicos de atención a personas mayores o con discapacidad). Esto favorecería de forma inmediata una mayor igualdad de género en el mundo laboral, ya que menos mujeres se verían obligadas a dejar su empleo o reducir su jornada para cuidar a personas dependientes.

En definitiva, el modelo de la conciliación fomenta la doble jornada que sufren millones de mujeres: trabajan en casa y trabajan fuera, y el Estado no les ofrece más que una serie de permisos que perpetúan esta situación, mientras que los hombres siguen sin asumir su mitad correspondiente del trabajo doméstico y de cuidados. Por eso, hay que pasar de la conciliación a la socialización y a la corresponsabilidad en las tareas de cuidados.

Pablo Castaño Tierno