La fantasía de la clase media

Chavs, la demonización de la clase obrera (1)Por mucho que haya quien se ponga una venda en los ojos y niegue la realidad o cuente mentiras sin descanso como en la canción infantil, “por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará”, la desigualdad es un problema creciente en esta Europa que parece construida por y para unos pocos. Para muchos otros, conseguir un empleo digno es algo inaccesible y hasta un trabajo precario resulta complicado de encontrar. Existen zonas marginadas, barrios enteros que han sido olvidados, abandonados a su suerte y que son nombrados casi únicamente cuando ocurre una desgracia o sucede un delito. De todo esto nos habla Owen Jones en Chavs: la demonización de la clase obrera, donde hace un retrato de la sociedad británica y nos muestra el discurso manido y retorcido de políticos conservadores y laboristas y también de los medios de comunicación, que ha permitido llegar hasta la situación actual.

En Gran Bretaña parece haber triunfado la fantasía que Tony Blair proclamó a bombo y platillo cuando alcanzó el poder: “Todos somos clase media”. Considerarse de clase trabajadora ya no es algo de lo que enorgullecerse, sino algo de lo que escapar. Ahora se trata de ascender socialmente, de meritocracia, de movilidad social entendida como la oportunidad de unirse al maravilloso club de la clase media. El término “chav” se ha extendido popularmente para referirse de forma peyorativa a gran parte, sino a la totalidad, de la clase trabajadora inglesa, a la que acusan de vivir de las prestaciones y en viviendas sociales. Medios de comunicación y políticos, mano a mano, se encargan de alimentar la imagen de que la clase trabajadora es “vaga” y se aprovecha del Estado. La idea ha calado tanto que incluso un concejal conservador, John Ward, se permitió sugerir que “hay cada vez más razones para la esterilización obligatoria de todos aquellos que tengan un segundo hijo (o tercero, etc.) mientras cobran prestaciones sociales”. Ahí queda eso.

La demonización de la clase trabajadora viene de lejos. Owen Jones marca el ascenso al poder de Margaret Thatcher en 1979 como “el comienzo de un asalto total a los pilares de la clase trabajadora. Sus instituciones, como los sindicatos y las viviendas de protección oficial, fueron desmanteladas; se liquidaron sus industrias, de las manufactureras a la minería; sus comunidades quedaron, en algunos casos, destrozadas y nunca más se recuperaron; y sus valores, como la solidaridad y la aspiración colectiva, fueron barridos en aras de un férreo individualismo”. Se afirmó, con total naturalidad, que el Estado había hecho demasiado y, con ello, había minado la responsabilidad personal. Desde entonces, la nueva aspiración debe ser trabajar en la City o conseguir, al menos, rescatar algo de su economía de la filtración. Al mismo tiempo, la clase trabajadora debe soportar lindezas como la que soltó David Cameron cuando prometió “acabar con la cultura de que todo es gratis. Si no se acepta una oferta razonable de trabajo, se perderán las prestaciones. No hay pero que valga”.

En la Gran Bretaña que nos descubre Owen Jones vemos cómo se han creado zonas marginadas, aisladas, blanco perfecto para ridiculizaciones y para la proliferación de páginas web antichavs. Entre tanto, se han reducido las prestaciones por desempleo o incapacidad y se ha desmantelado el programa de vivienda municipal, lo que ha conllevado un doble problema: la escasez de vivienda de protección oficial y el enfrentamiento de la clase trabajadora británica con los inmigrantes que también pueden acceder a las casas. Esto ha propiciado el incremento de la extrema derecha, el BNP (Partido Nacional Británico), y también ha llevado a políticos como Margaret Hodge, ministra neolaborista, a quejarse de que los inmigrantes tuvieran prioridad en las viviendas sobre “otros que se sentían legítimamente con derecho a ellas”. Como afirma Owen Jones: “En vez de pedir a su Gobierno que hiciera algo por mejorar su pésima actuación en materia de vivienda social, hizo que los intereses de la clase trabajadora blanca y los de los inmigrantes parecieran enfrentados entre sí”.

La clase trabajadora se ha visto, desde hace tiempo, despojada de su poder y también de su identidad, con el objetivo único de minar su fuerza. El lema que se ha impuesto ya no es aquel clásico que dice “Álzate con tu clase, no fuera de ella”, sino la fantasía de la clase media, la exigencia de tener que ascender socialmente como el que sube una escalera: quien no lo consigue es un fracasado, quien no encuentra un trabajo decente es porque no quiere. ¿Nos suenan estos mantras? ¿Realmente estamos hablando solo de Gran Bretaña? Si uno busca en el diccionario, “fantasía” se define como “Grado superior de la imaginación”.

También como “Presunción, arrogancia o gravedad afectada”.

César González, colaborador de la Oficina Precaria