Y tú, ¿qué harías?

La película Dos días y una noche de los belgas Luc y Jean-Pierre Dardenne hace un extraordinario retrato de una Europa en crisis económica y de valores.

Dos días, una noche“Fin”. La palabra no aparece pero la película ha terminado, no hay música de fondo ni títulos de crédito de diseño llamativo y, aún así, nadie se levanta de la butaca, nadie habla. Silencio reflexivo. Silencio incómodo. ¿Qué hubiera hecho yo?

Pocas películas interpelan tan directamente al espectador como la última de los belgas Luc y Jean-Pierre Dardenne, Dos días, una noche, extraordinario retrato de una Europa en crisis económica y de valores. No es la primera vez que estos hermanos nos dibujan la realidad de nuestro tiempo con protagonistas que suelen verse encarados a un conflicto ético en un escenario de precariedad social y, casi siempre, laboral. Sin embargo, no resulta frecuente que el espectador se contagie de tal manera con el dilema al que se enfrentan los personajes: ¿qué haría yo?

El punto de partida es tan sencillo como cruel. Es viernes por la tarde y Sandra, trabajadora en una fábrica, que ha estado de baja por depresión, recibe la noticia de que será despedida el lunes siguiente. La empresa ha decidido prescindir de ella, pero serán sus dieciséis compañeros de trabajo quienes, mediante una votación secreta y por mayoría, deberán decidir si renuncian a una prima de mil euros a cambio de que Sandra conserve su empleo. Dispone, por tanto, de un fin de semana para hablar con ellos. No tiene fuerzas ni ganas de intentar solucionar la situación, de “mendigar” solidaridad y pedirles que voten a favor de que se quede en la empresa y pierdan ese bonus, pero con dos niños pequeños y un marido que va de un trabajo temporal a otro (la normalidad imperante), no le queda otra opción.

Su primera batalla es, por tanto, consigo misma: vencer su desidia, su enfermedad. Cuando lo único que le apetecería es meterse en la cama y dormir eternamente, su “deber” es luchar para sobrevivir, para mantener un trabajo precario con independencia de su estado emocional, porque eso es lo que el contexto le demanda, a lo que la obliga. A partir de aquí la cámara de los Dardenne y los espectadores, desde nuestras butacas, la acompañaremos a ella y a Manu, su marido y apoyo incondicional, durante los dos días y una noche que dan título a la película, tratando de contactar con cada uno de sus compañeros para convencerles de que renuncien a los mil euros que la empresa les ofrece como “moneda de cambio” por su despido. Su segunda batalla.

Este planteamiento, el puerta a puerta de Sandra, permitirá a los directores presentar un retrato coral, exacto y despojado de prejuicios de una comunidad afectada por la crisis, a través de las diferentes reacciones que, ante una situación así, podrían darse en cualquier sociedad occidental de nuestros días. En la época del “si quieres, puedes”, del individualismo como medio para alcanzar metas, Sandra encontrará compañeros que no la ven más que como un lastre por su enfermedad y otros que antepondrán sus intereses, algunos que no podrían permitirse renunciar a ese plus salarial por su propia supervivencia y otros, al fin, que estarán dispuestos a sacrificar su prima para que ella no pierda el empleo. Situaciones todas reconocibles, identificables, que los autores dibujan sin juzgar, pero que en el espectador invitan a la reflexión, a ese silencio reflexivo.

De fondo, precariedad, pobreza, sobreexplotación, economía sumergida y desmovilización sindical como problemas de una realidad laboral que los Dardenne no dejan de lado, llevando el conflicto ético del y tú ¿qué harías? más allá. A través de la crueldad de la disyuntiva que, desde su posición de poder, la empresa plantea a los trabajadores, la película arroja una feroz crítica al neoliberalismo que rige las sociedades capitalistas de este siglo XXI. La clase trabajadora se ve hoy azotada no solo por una crisis económica que la corroe, sino también por la creciente pérdida de una conciencia de clase y de unos valores revolucionarios que le son propios. El individualismo ha desplazado en gran medida a la solidaridad de clase y a la lucha organizada, y la ausencia de estas características constituye una gran “debilidad”. Estamos sufriendo un proceso continuo de desclasamiento, inducido y utilizado por los que detentan el poder como arma efectiva para ganar terreno en una lucha que está más vigente que nunca, porque hay demasiado en juego.

Conscientes de ello, los directores nos invitan a reflexionar sobre nuestro papel en esta lucha, sobre la importancia de pequeñas batallas como la de Sandra, que son en sí triunfos, sin recrearse en el pesimismo de las situaciones y dejando espacio a la posibilidad de recuperar una solidaridad de clase perdida. Y cuando la pantalla se queda en negro y se encienden las luces, la pregunta, qué habría hecho yo, sigue flotando en el silencio.

María González Miranda, colaboradora de la Oficina Precaria
@_mariagmiranda