Belén Gopegui: “La palabra común ya no sólo no asusta sino que llena plazas, carteles, canciones, nombres de colectivos”

En la última novela de Belén Gopegui, El comité de la noche, descubrimos a dos mujeres, Álex y Carla, que libran una batalla contra el tráfico y la compraventa de sangre. Álex, tras perder su empleo en una España que parece navegar hacia ninguna parte pero donde surgen cada vez más focos de resistencia, regresa a vivir con su hija en casa de sus padres; desde allí escribe sus motivos para entrar en el comité de la noche, un grupo clandestino que ha decidido activarse y luchar contra el poder, contra sus justificaciones y su hipocresía. La segunda protagonista, Carla, trabaja en una empresa de hemoderivados en Bratislava, donde, por medios ilegales, se presiona para lograr la privatización de la sangre donada y común.

La crítica, que necesita quizá de tantas casillas, ha descrito El comité de la noche como un thriller social, pero es mucho más que eso. Se trata, ante todo, de una novela necesaria en estos tiempos de barbarie. Desde la Oficina Precaria, charlamos con su autora.

caraLa novela parte de una noticia real sobre la oferta de una empresa farmacéutica de pagar a los parados por donar su sangre. Ya no es que los trabajadores no puedan vender su fuerza de trabajo porque no hay empleo, sino que se les propone vender su sangre para subsistir. Parece que el capitalismo no tiene límites en su obscenidad…

En la lógica del capital la noción de limitarse carece de sentido. Los límites han de venir de fuera, son los que le imponga la realidad, la lucha de clases, los sujetos revolucionarios, el planeta, los cuerpos de las personas que se gastan.

Una de las grandes virtudes de tu literatura es, precisamente, el uso de metáforas que estructuran todo el relato (los pies de la sirenita en El lado frío de la almohada, el hueco en La escala de los mapas), ¿la sangre como objeto de compra-venta cumple esta función en El comité de la noche?

En este caso la sangre ya no es una metáfora, hay otras; la sangre aquí es tejido, y es realidad. Claro que sigue teniendo un componente simbólico muy poderoso, pero que procede de un uso metafórico, son los  hechos los que van por delante. Así, algunos críticos de la derecha han considerado con respecto a la novela que el desencadenante, construir un conglomerado empresarial que busca extraer la sangre de los parados, era una invención demasiado exagerada y perfecta y por supuesto irreal: la cuestión es qué hacer cuando esta imagen no es una invención sino un dato.

Hay un discurso bastante extendido entre determinados sectores de la población que considera que privatizar es “algo bueno”. ¿Por qué piensas que logra calar tanto este discurso cuando la supuesta eficiencia de las privatizaciones está lejos de ser cierta?

Por lo mismo que el consumo, siendo menos importante objetivamente que la educación y la salud, logra crear en quien elige su producto una sensación de libertad. Decía Enzemsberger que el capitalismo no crea falsas necesidades, sino que falsifica la solución de necesidades y problemas verdaderos. Avanzar en la mejor organización de lo común es una necesidad real -no porque los servicios públicos existentes fueran malos, acaso mejorables, sino porque al tener que convivir con la presión de lo privado cada vez sufrían más embates que les debilitaban-, pero hacerlo por la vía de la privatización y la exclusión es una solución falsa que conduce a una sociedad cada vez más parecida a la estadounidense, con un treinta por ciento o quizá menos de población ganadora, y un setenta de población perdedora. Es el clásico mecanismo de la estafa piramidal o de la lotería, pensar que no te tocará perder a ti, o que te tocará ganar. Es preciso, por el contrario, dibujar otros contornos, rechazar el concepto individual de ganador o perdedor, pues un día estallará el triunfo que ha sido construido no desde la interdependencia sino desde la opresión y el robo.

La nota que divulga el comité de la noche y que da inicio a la novela termina con una metáfora respecto a los erizos: “Cuentan, es sabido, que en los días gélidos los erizos sienten la necesidad de juntarse para darse calor y no morir. Cuando se aproximan mucho, las púas de los otros erizos les causan dolor. Sin embargo, alejarse comporta un frío insoportable. A diferencia de los erizos, nos acercamos no sólo a otros erizos sino a la causa de estos días helados. El peligro y la moderación nos mantienen a una distancia adecuada para subsistir. Pero, a veces, nos seguimos acercando”. ¿Piensas que nos vamos a seguir acercando, aunque duelan las púas, a “la causa de estos días helados”?

Sí. Cuánto, y cuántos y cuántas es un asunto diferente y por construir.

En la narración de Alex encontramos tres palabras que repite a menudo, “candil de nieve”, y que provienen de una canción de Pablo Milanés y Raúl Torres. ¿Qué significan estas palabras para ella?

Decía Hegel que la identidad es sólo la determinación de lo simple inmediato, del ser muerto; en cambio, la contradicción es la raíz de todo movimiento y vitalidad; pues sólo al contener una contradicción en sí, una cosa se mueve, tiene impulso y actividad. Lo que Alex ve en esa expresión es la contradicción que permite avanzar, vivir.

Cada vez hay más colectivos, como la PAH o la propia Oficina Precaria, que desarrollamos acciones como escribir nuestros textos en femenino plural. En la novela, Alex se refiere a sus padres como “mis madres”. ¿Piensas que, poco a poco, se está venciendo el sexismo del lenguaje?

Venciendo no, se le va hostigando muy poco a poco, pero las clásicas reglas del feminismo siguen siendo aplicables, todavía hoy es tan frecuente mirar un programa de televisión y pensar en qué diría una persona del sexo masculino si le exigieran determinados disfraces sexistas para tener el derecho a aparecer en la pantalla, pongo este ejemplo entre cien mil millones. Queda muchísimo camino por andar y por eso es mil veces bienvenida cualquier iniciativa que cuestione la supuesta normalidad del patriarcado.

Carla mantiene una dura lucha toda la novela, tanto contra sí misma como contra quienes la acosan y, en un momento concreto, dice: “Puede que no estemos a tiempo. Puede que ya esté todo dado, como en uno de esos problemas donde sólo hay que aplicar la fórmula para obtener un único resultado válido”. Aún a pesar de su fortaleza, no puede evitar caer en el desánimo. ¿Cómo se sale del desánimo, cómo se vence?

En común. También a veces influyen acontecimientos azarosos, y también a veces simplemente el desánimo es algo que no nos podemos permitir. “Si estoy desesperado a mí qué me importa” decía Gunter Anders, como colocando en un lugar muy lejano esos sentimientos de cansancio que son inevitables y a los que a veces cualquier persona necesita ceder, pero que también pueden colocarse en un segundo lugar, aunque toda la cultura individualista nos enseñe a pensar que lo que sentimos debería ser lo primero. No siempre.  Y a veces es incluso un descanso poder olvidarse del propio sentimiento un rato.

Belén GopeguiEn una entrevista con la agencia EFE comentaste lo siguiente: “Hemos crecido aprendiendo que lo fundamental es obtener beneficio. Pudimos haber crecido aprendiendo que lo fundamental era el bien común o vivir en una sociedad donde todo el mundo tuviera trabajo, aunque algunos fueran poco rentables. Pero hemos aprendido eso”. Ahora estamos viviendo un momento en el que cada vez más surgen agrupaciones vecinales, cooperativas, organizaciones ciudadanas… ¿Crees que se está dando ya otro aprendizaje?

Poco a poco, a la defensiva, pero creo que sí, que se está dando. La palabra común ya no sólo no asusta sino que llena plazas, carteles, canciones, nombres de colectivos, etcétera. Sí sigue asustando comunismo, y creo que no sólo asusta por su historia o por cómo nos han contado esa historia, asusta también por el miedo a que no poder ser, y porque pocas veces hemos sabido contar la alegría de salir del yo.

¿Qué te parece lo más relevante que ha generado, desde el punto de vista cultural, el ciclo político que comienza en 2011?

Sin duda, esas tres palabras: “sí se puede”. Creo que ahora nos queda la construcción del predicado: sí se puede qué. No sabemos aun describirlo demasiado bien, casi todas las descripciones que escucho parecen tratar una vez más de cómo redistribuir el dinero, olvidado que el dinero es fruto de la explotación y dando, me parece, poca importancia a la cuestión de cómo producirlo, cómo hacer nacer energía y bienes -no siempre materiales- sin expoliar ni al planeta ni a las personas que cuidan ni a las que trabajan ni a las que viven en la angustia de no poder trabajar.

María González y César González, colaboradoras de la Oficina Precaria.

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