Generación canto en los dientes

bite-downDe todo el refranero, ésta puede ser la frase más repetida en contextos informales cuando se habla sobre el mercado laboral. Nuestra generación, marcada a fuego por la precariedad laboral -y vital, al fin y al cabo- hemos sido educadas en esta concepción de la vida laboral: cualquier oferta de trabajo que te ofrezcan, independientemente de si conlleva contrato, remuneración u horario compatible con la vida social, se merece este apelativo: date con un canto en los dientes.

 ¿Que no te pagan en el trabajo? Ya lo sabes. ¿No encuentras trabajo “de lo tuyo”? Es lo que hay, aplícate el refrán. ¿Te dan latigazos para hacer más amenas tus tareas en el trabajo? Date con un canto en los dientes porque es un látigo normal, y no de siete colas.

En los últimos tiempos, con una tasa de paro del 47,5% para menores de 25 años, parece que el acceso al mercado laboral se ha convertido en algo exclusivo, más propio de personas VIP que de gente corriente. En este punto de la historia, la precariedad aparece como un elemento casi ritual previo al acceso al mercado laboral, una especie  de combinación entre meritocracia y penitencia que hay que sufrir -si eres emprendedor te dirán que la disfrutas- antes de pasar a la vida adulta (una vida adulta que, por otro lado, continúa marcada por la precariedad).

A este respecto suele haber un choque intergeneracional importante, que se traduce en una colisión de conceptos habitualmente expresados en la barra del bar en los siguientes términos: la trabajadora joven dice que busca trabajo “de lo suyo”, mientras la trabajadora mayor le contesta que hay mucho joven que no quiere trabajar, o bien que queremos todos los derechos, pero ningún deber. Ésta es una generalización ilustrativa pero, como todas las generalizaciones, injusta.

También resulta evidente que la precariedad laboral ha pasado la puerta de los centros de trabajo y ha entrado de lleno en las vidas de todas, de todo tipo de maneras: viviendas precarias, transporte precario, ocio precario… En fin, todo un modo de vida.

El trampolín entre la situación sociolaboral de la generación de nuestras madres-nacidas en los años 50- y la actual, la encontramos en el entorno sociolaboral que vivió la generación contemporánea de la crisis de los años 70 y los cambios derivados del asedio neoliberal que sobrevinieron. Entre el modelo productivo que nació durante los setenta y se consolidó hasta los años noventa, medió otro elemento típico de una generación precaria como la nuestra: el endeudamiento como forma de asegurar el mínimo socioeconómico con el que sostener un proyecto vital. Qué duda cabe que las compañeras mayores de 40 que a día de hoy se encuentran en paro pueden darnos testimonio de la doble cadena que ese mecanismo produjo: la deuda para mantener el proyecto vital como paso previo a la precariedad para mantenernos con vida (y despojadas de servicios públicos, derechos laborales y acceso a la vivienda).

Este relato de generación del modelo precario de vida y de trabajo ha sido adulterado con la narración que el establishment nos repite día a día: el sobreendeudamiento se debió a un proyecto vital consistente en “vivir por encima de nuestras posibilidades”, y la descomposición de los derechos laborales viene producida por un modelo sobre-proteccionista de las trabajadoras. Aquí está el quid de la cuestión en la actual relación Capital/Trabajo -que no es sino Capital/Personas-: una vez que nos despojaron de toda seguridad -laboral y crediticia- mediante el shock de la crisis, nos metieron de lleno en un modelo darwinista de sociedad en el que solo trabajan -y, por tanto, solo pueden mantener su proyecto de vida- aquellas personas que consiguen pasar por el aro de la precariedad en todas sus formas (esa combinación de penitencia/meritocracia que decía más arriba).

En esta narrativa darwinista de aseguramiento de nuestro proyecto de vida entra en juego otro potente relato, que constituye un ariete cultural contra las trabajadoras: la mitificación del sufrido emprendedor, que renuncia a todo para acceder al mercado laboral, con unas expectativas raramente conseguidas y en un marco de auto- culpabilidad por el fracaso. Aquello que sabiamente señalaba Eduardo Galeano cuando nos decía que el código moral del fin del milenio no condenaba la injusticia, sino el fracaso.

Lo más peligroso de todo esto es cómo incluso nosotras mismas repetimos los mantras con que nos asedian. Por eso le diría a la generación de los años 50-60 que no tenemos que “perdonarles” sus derechos laborales -como parece que nos sugieren  desde arriba- , a la generación de los 70-80 les garantizaría que sabemos que no vivieron por encima de sus posibilidades, y a la generación de los 90-2000 que no tenemos lo que nos merecemos, sino muchísimo menos.

No nos repitamos entre nosotras el famoso “date con un canto en los dientes” cada vez que escuchamos una injusticia. Cuidémonos y organicémonos contra este asedio. Que cada vez tenemos menos dientes y empiezan a quedarnos únicamente cantos.


Álvaro B., Oficina Precaria