Adiós sindicatos, hola sindicatos

¿Cuántos de nosotros conocemos a un amigo o familiar afiliado a un sindicato? Cada vez menos. ¿Y cuántos conocemos a un amigo o familiar que haya dicho que los sindicatos no sirven de nada? Cada vez más.

imagen 1º de mayo

En 2008, cuando todavía había quien ponía en duda la llegada de la crisis, los sindicatos mayoritarios alcanzaron su techo con casi tres millones de afiliados en toda España. Parecía que este país intentaba recuperar su fuerza sindical, tan potente y extendida hasta los tiempos de la II República, como perseguida y silenciada fue por el franquismo posterior. Siete años después del estallido de la crisis – económica, financiera, laboral -, los afiliados apenas superan los 2,36 millones. Esta caída en la afiliación ha ido, inevitablemente unida, a la pérdida de legitimidad; sólo el 4% de españoles declaran en el CIS participar en la lucha obrera. Pero, ¿Qué fue antes? ¿La desmovilización de los trabajadores o la falta de adaptación de los sindicatos a esta situación?

Detrás de esta pérdida, se dibuja como principal motivo la incapacidad de los sindicatos para representar al perfil de trabajadores fruto del nuevo escenario económico. Aquello que durante años les proporcionó fuerza estratégica para conseguir aumentar afiliaciones, fuerza y logros sindicales, es ahora su principal punto débil. Las características de los nuevos trabajadores han cambiado; el trabajador con estabilidad laboral y un contrato de larga duración cada vez es un ejemplar más escaso en el ecosistema español, está siendo sustituido por lo que hasta hace poco se consideraban casos minoritarios del mercado laboral, a los que une su precariedad y temporalidad. Aquellos perfiles que, bien por escasos, bien por dificultades organizativas, fueron ignorados por los grandes sindicatos durante años, se han convertido en la primera fuerza y más representativa del mercado laboral.

Pero, ¿cómo puede ser que ante el aumento de la indefensión y la precariedad de los trabajadores, disminuya la afiliación sindical como herramienta para combatirla? Con el avance de la temporalidad, en detrimento de la estabilidad, la bajada de salarios y el aumento de figuras laborales irregulares – falsos autónomos, trabajadores sin contrato, becas en fraude – , parecería lógico pensar en un auge de la organización sindical.

Sin embargo, la utilidad de los sindicatos tradicionales se puso en duda en cuanto llegaron las primeras medidas de austeridad y reformas laborales presentadas por PP y PSOE en 2010 y 2012 respectivamente. La falta de movilización y acción directa cuando los EREs empezaron a brotar por toda la geografía española, el monopolio y retención de las huelgas, piquetes y convocatorias, o la falta de resultados tras las mismas, hizo que la confianza puesta en los sindicatos para ser la vanguardia de la lucha por los derechos laborales se quebrara.

La brecha entre los sindicatos mayoritarios y los trabajadores no ha hecho más que profundizarse cada vez que vivíamos el fracaso de otra negociación, el cierre de empresas, plantas y fábricas, o los casos de corrupción en los que personalidades del mundo sindical se veían envueltas. Tampoco ayuda la imagen que muchos de estos grandes organismos megaburocráticos nos ha dejado durante los años más crudos de la crisis: trabajadores de los propios sindicatos con meses de retraso en pagos, e incluso aplicación de EREs.

Mientras la pérdida de confianza era cada vez más tangible – mostrándose en afiliaciones y asistencia a convocatorias -, la sociedad experimentaba con nuevas formas de organización política y social, a través del 15M, la lucha de la PAH, los centros sociales y los movimientos asamblearios.

En 2015, consciente de esta situación, el secretario general de Comisiones Obreras, Ignacio Fernandez Toxo, lo decía claro: “O CC.OO. se reinventa o se la lleva el viento de la historia”. De esta forma llamaba a una revisión interna del sindicato. Pero a la vista de lo ocurrido, sus palabras no tuvieron el efecto deseado.

Frente a esta caída de los sindicatos tradicionales, desde hace algún año hemos visto cómo las luchas laborales se empiezan a calentar por el lado por el que en la historia reciente no lo habían hecho. Por el lado de las trabajadoras precarias, temporales… de la unión de las más desprotegidas, invisibilizadas y ninguneadas por los actores sociales -entre ellos, los sindicatos- que han tratado el mundo del trabajo en los últimos 10 años.

Estos colectivos son los que han prendido la llama de estos nuevos sindicatos que, en muchas ocasiones, no son sindicatos como tal. Son colectivos, plataformas, asociaciones o incluso muchas veces asambleas -sin personalidad jurídica- que han recobrado importancia social y mediática con la visibilización de sus luchas tanto dentro como fuera de su lugar de trabajo.

Es precisamente su funcionamiento lo que nos gusta. Son personas autogestionadas y autoorganizadas para defender sus derechos laborales y también los que van más allá del mundo del empleo. Porque si algo nos han recordado es que la precariedad afecta a nuestras vidas por completo. Son las Kellys, que sufren serios problemas de espalda después de jornadas maratonianas de hasta 12 horas limpiando hoteles a 2,15 euros cada habitación. O los manteros, que se ven obligados a estar alerta constantemente porque no saben en qué momento tendrán que salir huyendo de la policía. Son mujeres de distintas edades, inmigrantes de todas partes sin papeles… personas que viven al cuadrado la precariedad.

En definitiva, estas nuevas formas de lucha sindical son grupos de apoyo mutuo que nos recuerdan a los primeros experimentos de organización de los trabajadores que se veían en los talleres de la Barcelona de 1840. No necesitaban grandes infraestructuras, ni una lista inmensa de portavoces liberados, sólo un problema común y herramientas para empoderarse. Y así lo están haciendo las Kellys y los manteros como ejemplos de estas formas recuperadas de demostrar cómo lo personal también es político.

¿Cuántos de nosotros conocemos a un amigo o familiar que no se preocupe por la situación actual? Cada vez menos. ¿Y cuántos de nosotros conocemos a un amigo o familiar jodido por el trabajo o no tenerlo? Cada vez más.